19 August 2007

Castro Death Watch

Day 17,761

As we wait for THE announcement …

I recommend reading a short article in Spanish.

Last year, congressmen Flake and DelaHunt commissioned a GOA audit of USAID and its distribution of aid to dissidents in Cuba.

At the time, Flake and DelaHunt were involved in their Quijote-Quest to fight the Helms-Burton windmill.

The easiest way to attack the windmills is to attack the perceived windmill keepers, the Miami Mafia, which was done ad-nauseum with the publicizing of certain odd items that were bought with federal funds and sent to the dissidents in Cuba by exile organizations run by the Miami Mafiosi.

Among the infamous items were Nintendo Gameboys.

The recipient of one of the Gameboys was the son of dissident Manuel Vázquez Portal, (r)who was a victim of the “Black Spring” roundup.

Vázquez Portal wrote about his son’s gift Gameboy in “El Nuevo Herald” in a poignant prose that so touched my cynical, sarcastic heart that I felt compelled to crudely translate his essay into English and post it on La Contra Revolución.

This morning I came across Amor a primera visa, also by Manuel Vázquez Portal in “El Nuevo Herald”

There’s no way I could do this short essay justice by translating it. I’m going to paste the whole thing here so that its always available:

Amor a primera visa
MANUEL VAZQUEZ PORTAL

Hablaré de inmigrantes. Sin convenios de estados. Sin balsas. Sin muros fronterizos. Sin pies secos. Mojados. Sin coyotes. Desiertos. Sin tremolinas étnicas. Un ridículo viaje al corazón. Una muchacha triste. Un joven olvidado. Una novela rosa.

Nereida. Partida sin retorno. Y el alma regresando a cada instante.

Hierba en la mirada. Arpa en las caderas. Desde el alto andamio de sus tacones resplandece en la acera. Y no parece caminar. Ingrávida, más bien, danza en la tarde. Exhibe el hipnotismo que provoca a su paso. No escucha los piropos del joven que golosea su andar en las calles del barrio. Sabe que su presencia siembra en los ojos masculinos un hechizo inquietante. Va insensible y fugaz. Incitadora. Esquiva. Está acostumbrada a las palabras más dulces, a las bromas más sorpresivas, a las procacidades dichas como en azoro. Pero pasa intocada. Misteriosa. Distante. Deja en los varones una sensación de bismo, de pérdida, de ave que se va.

De niña le dijeron que era bella. Que había nacido para dislocar las primaveras. Ensombrecer las rosas. Amansar huracanes. Que en su pelo ensortijado se atascarían todos los azares del amor, los trucos de la dicha. Que haría enmudecer los pájaros, detenerse el aire, temblar las estrellas. Creció viendo lidiar a los muchachos por un suspiro suyo, una mirada leve, una sonrisa apenas.
Llegó virgen al tronco de un naranjo en flor, al relente estival del pasto en la mañana, al canto del sinsonte en los breñales. No importa si en Ceballos. Veguita. Jagüey Grande. Isla de Pinos. El campo se extendía fragante desde su escuela, lejos de la mirada del padre, del consejo certero de mamá, hasta el final del cielo.

Un joven profesor de oscuros logaritmos le rogó sus ardores. No sabe si cedió por curiosa o pragmática. El profe no era feo. La recia matemática, difícil. Descubrió los ardores de sus vísceras. Conoció los fuegos que le nacían. Supo la magia de las arañas de sus uñas. Comprendió los efectos de la tibieza de sus labios. No aprendió de ecuaciones, cálculos ni teoremas, pero trajo a sus padres el ansiado diploma de trazos impecables.

Su cuerpo fue su espada desde entonces. Jineteó cautelosa sobre el cerril caballo de la oportunidad. Las torres de sus piernas arribaron invictas a la tarde del prodigio. Ella no sabía de temblores en las rodillas, sequedad en los labios, mudez en la garganta, sobresalto en el pecho. Le hablaban del amor, pero siempre era un brindis que hacían por sus ojos. Eran otros los trémulos. Los mudos. Los con el pecho en vilo. Ella pasó sin sustos, agonías, torpes desasosiegos. Era el brillo y la fuga, la joya inconquistada.

El triunfo vino en alas. Español tropeloso. Lisonjas en divisas. Devoción repentina por la nieve, los vestidos oscuros, los sombreros. París sería una fiesta, sin conocer a Hemingway. El Tajo, visto desde una terraza del amurallado Toledo, una postal, sin que en ninguna aburrida lección escuchara de El Greco.

Se fugó la Nereida del Mar de las Lentejas. Quizás, de la Isla del Chícharo. Tal vez, del Desierto del Sueño. Quién sabe si del Iglú de la Idea. Iba muerta de amor, temblorosa, inaugural, según cuenta su madre. Llegan cartas heladas, noticias de los mirlos, historias de tritones, fotos resplandecientes. Ella está sobre un puente, las manos enguantadas. El manso sobretodo le cae pesadamente hasta los pies con botas. No se parece a ella. Es quizás ella misma, pero el sueño hecho añicos. Mira quién sabe a dónde. Piensa quién sabe qué. Añora quién sabe cuánto y un señor que la abraza, finas gafas de fúlgida montura, tabaco de ocasión, satisfecha barriga de cazador contento, se parece a su abuelo.

Dicen que muy feliz. Pero en sus ojos, los ojos que tenían todo el sol del Caribe, hay un naranjo muerto, no sé si de Ceballos, Veguita o Jagüey Grande. Un joven profesor que se quedó atrapado en la gris ecuación de los discursos improbables, las promesas inciertas, las brújulas erráticas pasa por sus pupilas con un axioma tan simple como un beso de amor, y no logra entender la absurda matemática que la llevó tan lejos de sus brazos.


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